Por: Alexandra Peña Cartagena, RN, MSN
Uno de cada cinco adultos en Estados Unidos vive con dolor crónico, una condición que limita la funcionalidad, afecta la salud mental y deteriora la calidad de vida. Más allá de un síntoma, el dolor crónico constituye un importante problema de salud pública por su impacto en la utilización de los servicios de salud, las hospitalizaciones y los costos sanitarios. Puerto Rico no está exento de esta realidad.
Nuestra Isla atraviesa una transición demográfica marcada por el envejecimiento poblacional y el aumento de enfermedades crónicas, condiciones que incrementan la necesidad de servicios especializados en manejo del dolor y cuidados paliativos. Sin embargo, la limitada disponibilidad de especialistas y las barreras administrativas continúan dificultando el acceso oportuno a estos servicios, convirtiendo el manejo del dolor en uno de los principales retos clínicos, administrativos y de política pública que enfrenta el sistema de salud.
Con el propósito de orientar a la ciudadanía, conversamos con un médico anestesiólogo especialista en manejo del dolor, quien solicitó mantener su identidad en reserva. Durante la entrevista explicó que el dolor crónico, definido como aquel que persiste por más de tres meses, nunca debe normalizarse. Su evaluación temprana permite identificar la causa, prevenir complicaciones y ofrecer tratamientos dirigidos a preservar la funcionalidad y mejorar la calidad de vida.
El especialista destacó que el dolor mantiene una relación bidireccional con la salud mental. La ansiedad, la depresión y la catastrofización pueden aumentar la percepción del dolor, mientras que el dolor persistente también favorece el desarrollo de estas condiciones. Por ello, el manejo moderno del dolor requiere un enfoque biopsicosocial que atienda tanto los aspectos físicos como los emocionales de cada paciente.
El tratamiento debe individualizarse según las necesidades de cada persona. Dependiendo del diagnóstico, puede incluir analgésicos, medicamentos para el dolor neuropático, antidepresivos y anticonvulsivantes como coadyuvantes, opioides cuando están clínicamente indicados, bombas de infusión para analgesia continua, bloqueos nerviosos, radiofrecuencia, rehabilitación física y apoyo psicológico. El objetivo no es únicamente aliviar el dolor, sino preservar la independencia, mejorar la funcionalidad y favorecer la calidad de vida.
Durante la conversación también se abordó uno de los conceptos más malinterpretados en la atención médica: los cuidados paliativos. Lejos de representar únicamente la etapa final de la vida, estos buscan aliviar el dolor y otros síntomas físicos, emocionales, sociales y espirituales desde etapas tempranas de enfermedades complejas, en conjunto con los tratamientos dirigidos a la enfermedad.
Esta visión está respaldada por la evidencia científica. La Organización Mundial de la Salud establece que la integración temprana de los cuidados paliativos mejora el control del dolor y otros síntomas, fortalece la calidad de vida del paciente y su familia, favorece la toma de decisiones compartidas y contribuye a un uso más eficiente de los recursos sanitarios. Asimismo, las guías internacionales para el manejo del dolor por cáncer recomiendan un abordaje interdisciplinario que combine tratamiento farmacológico, rehabilitación, apoyo psicológico y acompañamiento social, de acuerdo con las necesidades de cada paciente.
A pesar de estos beneficios, el acceso continúa siendo un desafío. Las autorizaciones previas, la carga administrativa por algunos planes médicos, las demoras en las aprobaciones y reembolsos, así como la escasez de especialistas, retrasan tratamientos que podrían aliviar el sufrimiento y prevenir complicaciones. Estas barreras afectan tanto a los profesionales de la salud como, principalmente, a los pacientes y sus familias.
Desde la perspectiva de la administración, el acceso oportuno al manejo del dolor y a los cuidados paliativos no debe verse como un gasto, sino como una inversión. La evidencia demuestra que el control adecuado del dolor reduce hospitalizaciones evitables, disminuye visitas recurrentes a las salas de emergencia, mejora la coordinación de la atención y optimiza el uso de los recursos del sistema de salud.
Puerto Rico tiene la oportunidad de fortalecer una política pública que garantice un acceso más equitativo al manejo del dolor mediante la expansión de clínicas especializadas, el fortalecimiento de los programas de cuidados paliativos, la simplificación de los procesos de autorización para tratamientos basados en evidencia y el desarrollo de equipos interdisciplinarios integrados por médicos, enfermeras, psicólogos, trabajadores sociales, farmacéuticos y otros profesionales de la salud. De igual forma, resulta indispensable fortalecer la educación continua de los profesionales de atención primaria para identificar y referir oportunamente a los pacientes que requieren evaluación por especialistas.
El manejo adecuado del dolor debe reconocerse como un indicador de calidad en los servicios de salud y como un componente esencial de una atención centrada en la persona. Aliviar el dolor no significa únicamente tratar un síntoma; significa preservar la dignidad, la funcionalidad y la calidad de vida. Garantizar un acceso oportuno a servicios especializados y a cuidados paliativos es una responsabilidad compartida entre profesionales de la salud, instituciones, aseguradoras y responsables de la política pública. En una población que envejece y convive cada vez más con enfermedades crónicas, invertir en el manejo integral del dolor es invertir en un sistema de salud más humano, eficiente y basado en evidencia.

