Por: Jean Marcel Correa / cofundador de Lick, Fetch y Emprendimiento101
En estos días, mientras miles se preparan para vivir la residencia de Bad Bunny en el Coliseo de Puerto Rico, es imposible ignorar el alcance cultural de este momento. No se trata únicamente de un espectáculo musical, es una expresión colectiva de quiénes somos, envuelta en sonido, lenguaje visual, orgullo boricua y una narrativa profundamente local.
Cuando un artista puertorriqueño logra detener la rutina del país, marcar tendencias globales y generar conversación constante en redes, medios y espacios públicos, se abre una oportunidad única para las marcas que crean desde lo local. No se trata solo de reaccionar ante la popularidad del momento, sino de entender que la cultura, vivida con autenticidad y propósito, puede convertirse en una plataforma poderosa para conectar con comunidades reales, amplificar valores compartidos y construir marcas con identidad sólida.
Muchas marcas emergentes han sabido interpretar este contexto. Algunas diseñan productos inspirados en la experiencia colectiva; otras desarrollan colaboraciones o campañas alineadas con el sentir del momento. No es oportunismo: es reconocer que el consumo también nace de la emoción, del sentido de pertenencia y del vínculo con lo que nos representa. El producto deja de ser solo un objeto y se convierte en experiencia compartida.
La creatividad no es únicamente una herramienta estética. Es una estrategia empresarial, una forma de narrar quiénes somos, de posicionarnos en el mercado y de participar activamente en la construcción cultural del país. Cuando una marca refleja lo que su gente vive y siente, trasciende lo comercial y se convierte en símbolo.
La residencia de Bad Bunny no es solo un evento. Es una validación de que lo nuestro tiene valor.
Convertir cultura en propuesta de marca es una de las mayores ventajas competitivas del presente.

