En los discursos cotidianos y lamentablemente también en algunos abordajes profesionales persiste la idea de que el estrés, la ansiedad o el malestar emocional son reacciones automáticas ante los eventos de la vida. Como si las circunstancias, por sí solas, tuvieran el poder absoluto de quebrarnos o fortalecernos. Sin embargo, la vertiente cognitiva transaccional nos invita a cuestionar esta narrativa simplista y, sobre todo, a devolverle a la persona un lugar activo en la comprensión de su experiencia emocional.
Desde este enfoque, desarrollado principalmente por Richard Lazarus, el estrés no es entendido como un estímulo externo ni como una debilidad interna, sino como el resultado de una transacción constante entre la persona y su entorno. Es decir, lo que nos afecta no es únicamente lo que ocurre, sino cómo lo interpretamos, qué significado le atribuimos y qué creemos poder hacer frente a ello. Este planteamiento tiene implicaciones profundas para la práctica clínica y psicosocial. Nos obliga a detenernos antes de etiquetar, diagnosticar o intervenir de forma apresurada. Nos recuerda que dos personas pueden atravesar una misma situación una pérdida, una evaluación, un conflicto, una exigencia laboral o académica y vivirla de maneras radicalmente distintas. No porque una sea “más fuerte” que la otra, sino porque sus procesos de valoración cognitiva y sus recursos percibidos no son los mismos.
La vertiente cognitiva transaccional propone que toda experiencia potencialmente estresante pasa, primero, por una evaluación cognitiva primaria: la persona se pregunta, muchas veces sin palabras, si lo que ocurre representa una amenaza, una pérdida, un daño o un desafío. Luego, en una evaluación cognitiva secundaria, valora si cuenta o no con recursos personales, sociales o emocionales para afrontar la situación. De esto emerge la emoción, el nivel de activación y la conducta. Desde esta óptica, la ansiedad deja de ser vista como un enemigo y comienza a comprenderse como una respuesta adaptativa ante una situación evaluada como desbordante. El problema no es sentirla, sino quedar atrapados en interpretaciones rígidas que refuerzan la sensación de incapacidad. Aquí es donde el trabajo clínico cobra sentido, no para invalidar la emoción, sino para explorar, resignificar y ampliar las formas de afrontamiento.
En el Trabajo Social Clínico, este enfoque resulta especialmente valioso porque dialoga de manera natural con una práctica centrada en la persona, en su contexto y en su historia. La vertiente cognitiva transaccional nos permite sostener que el malestar emocional no surge en el vacío, pero tampoco está determinado exclusivamente por factores estructurales. Se construye en la intersección entre las demandas del entorno y la lectura que la persona hace de sí misma dentro de ese entorno. Aplicado a contextos educativos, comunitarios o deportivos, este modelo desmonta la lógica punitiva y patologizante. Un estudiante que “no rinde”, un atleta que “se bloquea” o una persona que “evita” ciertas situaciones no necesariamente carece de capacidad; muchas veces carece de una narrativa interna que le permita verse competente frente al reto. Intervenir, entonces, no es presionar más, sino acompañar procesos de reinterpretación y fortalecimiento de la autoeficacia.
Como profesionales de la conducta humana, tenemos la responsabilidad ética de no reducir el sufrimiento a listas de síntomas ni a diagnósticos descontextualizados. La vertiente cognitiva transaccional nos recuerda que escuchar cómo la persona nombra su experiencia es tan importante como cualquier instrumento de evaluación. Que validar no es justificar, sino reconocer que toda respuesta emocional tiene una lógica interna cuando se entiende desde la historia y los recursos del individuo. En tiempos donde la prisa, la exigencia y la sobreestimulación parecen normalizadas, este enfoque nos invita a una práctica más consciente, más humana y menos reactiva. A entender que acompañar procesos de cambio no siempre implica modificar la realidad externa, porque a veces no podemos, sino, a ayudar a transformar la forma en que la persona dialoga con ella.
Porque, al final, no es el evento el que define nuestra vivencia, sino la relación que construimos con el, y ahí, precisamente ahí, es donde la intervención clínica encuentra su mayor potencia.
