Hoy observo como el pretexto político de los Estados Unidos (EE. UU) militarmente ataca otro país. Se trata de un país con la mayor reserva petróleo en el mundo. Una reserva petrolera convertida en un botín estratégico que los intereses políticos de EE. UU desean controlar.
Los EE. UU. han justificado su accionar en Venezuela utilizando como argumento la lucha contra el narcotráfico. Sin embargo, si dicha justificación fuese genuina, cabría preguntarse por qué no han sido desmantelados los cárteles de México ni los laboratorios de fentanilo. Tampoco se ha actuado con la misma contundencia contra Colombia, país desde donde se exporta gran parte de la cocaína que circula en territorio estadounidense.
Esta no sería la primera vez que los EE. UU. intervienen militarmente para asegurar el control de recursos naturales. En 2003, bajo el argumento de eliminar armas de destrucción masiva y promover la democracia, invadieron Irak. No obstante, tales armas nunca fueron encontradas. El país fue desestabilizado y su industria petrolera quedó en manos de compañías foráneas que comenzaron a controlar la producción petrolera de Iraq.
Lo que estamos viviendo hoy es la intervención terrorista de los EE. UU por el petróleo venezolano. Hoy el presidente Trump, en su conferencia de prensa, confirmó que los EE. UU asumirá el control de las compañías petroleras en Venezuela. También afirmó que estarán interviniendo en la política interna del país. Esto valida la intención saqueadora de los EE. UU quien pretende confiscar las riquezas de Venezuela para su beneficio económico.
Si somos críticos, la historia nos absolverá. Los EE. UU han respaldado a numerosos dictadores cuando han sido funcionales a sus intereses. Desde Rafael Trujillo en República Dominicana, Augusto Pinochet en Chile, Alberto Fujimori en el Perú, Ferdinand Marcos en Filipinas, hasta Reza Pahlevi en Irán, la lista es extensa. Esto pone en manifiesto que cuando el tirano es aliado de los EE. UU ignoran al dictador. Pero si el dictador no es aliado de los EE. UU se construye un pretexto para invadir y colocar un gobernante afín que resguarde los intereses norteamericanos.
Lo que hoy vive Venezuela no es otra cosa que una nueva forma de piratería terrorista para saquear sus recursos naturales, pero con motivaciones profundamente económicas. A estas alturas, resulta ingenuo pensar que se trata de una cruzada moral; más bien, es la continuidad de una política exterior donde el petróleo, y no la democracia, dicta el rumbo de las decisiones.

