Cada año conmemoramos el Día Internacional de las Mujeres Trabajadoras, evento que el mercado nos ha querido robar convirtiéndolo en otra oportunidad para consumir lo que no necesitamos. Pero, ¿qué necesitamos las mujeres? Necesitamos bienestar, seguridad, respeto, salud, solidaridad, condiciones laborales y salariales justas, remuneración del trabajo doméstico, retiro digno, en fin vivir bien. Queremos una vida vivible y feliz. Algunos pensarán que esto depende de nosotras únicamente. Esos ofrecerán consejos como: “Si quieres eso, pues esfuérzate más, obtén otro título académico, cambia de trabajo, emprende en un negocio, múdate de Puerto Rico…”. La realidad que vivimos las mujeres en Puerto Rico es insostenible. Centrémonos en asuntos laborales y de pobreza. De acuerdo con la Oficina del Censo de Estados Unidos, las mujeres en la isla ganamos 18 por ciento menos que los hombres, a pesar de existir una ley sobre igualdad salarial. Esta brecha aumenta cuando ambos tienen estudios graduados, estimándose una diferencia de casi $12,000. El trabajo doméstico y de cuidado no es remunerado, sigue considerándose una responsabilidad de las mujeres. Sin estas labores las sociedades no se sostendrían y muchos hombres no podrían trabajar asalariadamente. El Departamento del Trabajo y Recursos Humanos publicó en diciembre que la tasa de participación laboral para las mujeres fue de 38.6 por ciento y las de los hombres 51.5 por ciento. Me pregunto cuántas mujeres no son parte de ese porcentaje por realizar trabajos domésticos y de cuidados no remunerados. Según datos expuestos por el Instituto de Estadísticas de Puerto Rico, el 42 por ciento de los hogares tiene como jefa una mujer, y de estos el 57 por ciento está bajo el índice de pobreza. Nuestras mujeres adultas mayores viven con la amenaza de ver reducida su pensión, dinero por el cual trabajaron y que tienen derecho a recibir para no vivir en empobrecimiento. La idea de progreso y desarrollo que nos han vendido como camino para gozar de calidad de vida tiene que cambiar. Por esto, este 8 de marzo anclamos nuestros reclamos y resistencias en la posibilidad del buen vivir y la prosperidad colectiva. El buen vivir, promovido por movimientos sociales de América del Sur, requiere repensar la forma en la que nos organizamos persiguiendo un desarrollo basado en el sistema capitalista-colonial, la explotación de las personas y la destrucción de los recursos naturales que solo genera desigualdad social, individualismo y precariedad. Apostamos a una existencia que no esté sustentada en el “tener” como medida de bienestar, sino en los esfuerzos solidarios para “hacer y ser” que promuevan una convivencia en armonía y equilibrio con los demás y el medio ambiente, considerando la diversidad humana. Para lograrlo precisamos del trabajo solidario y colectivo entre mujeres y de la voluntad de los gobernantes para establecer políticas públicas que promuevan formas de vida sostenibles y enfocadas en los derechos que nos han sido arrebatados. Transformemos los desafíos en oportunidades reales de convertir nuestro presente y futuro en uno más justo y equitativo exigiendo el buen vivir de todas las mujeres.

