Cuando una escuela o un equipo presenta su programa deportivo, suele mostrar trofeos, récords y fotografías de quienes avanzaron al próximo nivel. Esos logros merecen celebrarse. Pero si el programa se presenta como un espacio de formación, cabe hacerle una pregunta que su vitrina difícilmente contesta. ¿Qué aprenden los jóvenes sobre su propio valor cuando dejan de ser útiles para ganar? En Puerto Rico, esa pregunta merece un lugar en la conversación pública sobre el deporte juvenil. La respuesta también habla de la calidad de nuestras escuelas, ligas y clubes.
Pensemos en una escena reconocible. Una jugadora que acaba de perder su puesto recoge su bolso al final de la práctica. Lleva varias semanas intentando entender qué se espera de ella. Le preocupa preguntar porque podría parecer inconforme. En el carro, alguien que la quiere le dice que tiene que demostrar que merece volver a jugar. La frase busca animarla, pero ella puede escuchar algo distinto. Puede entender que su lugar entre las personas que le importan está pendiente de lo que haga en la cancha. Al día siguiente llega temprano y guarda la pregunta.
Como trabajador social clínico con formación en psicología del deporte, me interesa ese silencio. En consulta, preguntaría qué teme que ocurra si habla y qué experiencias le han enseñado a anticipar esa respuesta. Tal vez teme perder minutos. Tal vez le cuesta admitir ante su familia que algo que ama también le duele. Esa diferencia importa. La angustia de la deportista tiene una historia y ocurre dentro de relaciones donde otras personas deciden cuándo juega, qué oportunidades recibe y cómo se interpreta su conducta. Si toda la atención recae sobre su capacidad para tolerar la presión, esas relaciones quedan fuera del análisis.
El deporte competitivo exige selección, corrección y decisiones que pueden doler. Un entrenador puede dejar a un jugador o jugadora en el banco y, aun así, explicarle con respeto qué motivó la decisión, qué puede trabajar y cuándo podrán volver a conversar. Esa claridad le permite elaborar la decepción con información concreta. También le da una oportunidad de aprender a pedir explicaciones en una relación donde la otra persona tiene más poder. A mi juicio, esa capacidad de conversar sobre una decisión difícil es un resultado formativo tan digno de atención como el progreso técnico.
La responsabilidad alcanza a quienes administran y trabajan dentro de un espacio deportivo, aunque a unos más que a otros por sus formaciones profesionales, es un asunto colectivo. Un espacio que presuma de formar jóvenes debería poder explicar a quién puede acudir un participante que se siente humillado, triste, ansioso y qué ocurre después de que lo comunica. También debería interesarse por quienes dejan de asistir con la misma regularidad en vez de verlo como remplazable. Si solo escuchamos a quienes llegan a la premiación, dejamos fuera experiencias que podrían ayudarnos a entender cómo funciona para el resto lo que se ofrece.
Me preocupa, además, lo que sucede cuando un joven pierde el espacio que organizaba su semana. Puede extrañar el juego y sentir la ausencia de personas con quienes compartía casi a diario. Desde una mirada clínica, esa pérdida merece ser escuchada en sus propios términos. Antes de preguntarle por su próximo equipo, quisiera saber qué parte de su vida siente que perdió. Quizás lo que más añora es que alguien supiera su nombre, advirtiera su ausencia y contara con él para algo. Ese vínculo también lo formó.
Años después, una deportista puede recordar el día en que perdió su puesto y el modo en que un adulto le habló entonces. Puede incluso reproducir ese trato cuando le toque dirigir a otros. Ahí encuentro una medida del legado que me importa como profesional y como parte de la comunidad deportiva. Sigamos celebrando los campeonatos. Cuando una institución use la palabra formación para describir su trabajo, pidámosle que pueda dar cuenta de cómo trata a quienes atraviesan una mala temporada, a quienes necesitan hablar y a quienes terminan por irse. Ellos también tienen algo que decir sobre lo que ese programa, el equipo o la liga deja en su comunidad, y es así como se construye un LEGADO.

