Corregir forma parte de educar, criar, entrenar y convivir. En algún momento necesitamos señalar una conducta inadecuada, establecer un límite o exigir responsabilidad. Sin embargo, esa tarea también requiere revisar cómo nos dirigimos a las personas. Una observación puede abrir una oportunidad para aprender, pero puede convertirse en una experiencia de vergüenza cuando se ridiculiza, descalifica o expone. La autoridad exige responsabilidad, especialmente cuando se ejerce sobre quienes están en formación.
Escuchamos expresiones como “a mí me criaron así y salí bien” o “tiene que aprender a aguantar”. Estas frases suelen cerrar la conversación antes de examinar lo ocurrido. Haber recibido determinadas formas de corrección no obliga a reproducirlas. Podemos reconocer el esfuerzo de quienes nos educaron y decidir que existen maneras más respetuosas de acompañar. Revisar nuestras prácticas permite crecer y ofrecer aquello que quizás nosotros también necesitábamos. Humillar puede ocurrir mediante insultos, sarcasmos, comparaciones o comentarios frente a otras personas. A veces, basta con convertir un error en entretenimiento colectivo. Cuando decimos “él nunca aprende” o “ella no sirve para esto”, dejamos de señalar una acción y definimos a la persona desde sus dificultades. Esa etiqueta puede acompañarla después de que haya intentado cambiar. Corregir requiere precisión, describir lo sucedido, explicar su impacto y establecer lo esperado.
En la escuela, una conducta disruptiva necesita atención porque puede afectar el aprendizaje y la convivencia. El personal docente merece condiciones para enseñar y ejercer su función. Esto exige intervenciones relacionadas con la conducta presentada. Pedir que un estudiante deje de interrumpir permite comunicar un límite concreto. Burlarse de su capacidad, mencionar problemas familiares o anunciar que será un fracaso introduce ataques personales que no explican cómo mejorar ni ayudan a resolver lo ocurrido. En el hogar, las familias enfrentan cansancio, preocupaciones económicas y múltiples responsabilidades. Comprender esas circunstancias permite mirar con humanidad a quienes crían, aunque no convierte cualquier respuesta en aceptable. Un hijo puede necesitar límites sobre sus obligaciones, el teléfono o su manera de hablar. Podemos comunicarlos con firmeza y sostener consecuencias proporcionales, sin amenazas de abandono ni expresiones que cuestionen su valor. La frustración adulta también necesita reconocerse y manejarse responsablemente.
El deporte merece esta reflexión. En algunos espacios se confunde formar el carácter con soportar insultos. Se justifica el trato degradante porque supuestamente prepara para competir. Un entrenamiento exigente puede incluir instrucciones claras, evaluación, repetición y responsabilidad. Para corregir un pase o una decisión táctica, hace falta explicar qué debe ajustarse. Atacar la dignidad del atleta puede desplazar su atención hacia el miedo a equivocarse, dificultando la conversación sobre su desempeño.
Desde el Trabajo Social, considero necesario mirar a cada persona dentro de su contexto. Una conducta puede relacionarse con experiencias o dificultades que desconocemos. Escuchar permite comprender mejor e intervenir con precisión. Eso no elimina la responsabilidad por una agresión o una falta de respeto. Podemos reconocer lo que alguien siente y exigir cambios en su manera de actuar. La empatía y los límites pueden sostenerse dentro de una misma conversación.
También debemos enseñar a reparar. Una disculpa puede iniciar el proceso, pero necesita acompañarse de acciones, devolver lo tomado, corregir información falsa, respetar el espacio ajeno o cumplir acuerdos. El seguimiento permite observar avances y atender reincidencias. Una reprimenda termina rápidamente; acompañar un cambio exige constancia. La disciplina adquiere sentido cuando ayuda a reconocer el error, responder por sus consecuencias y practicar alternativas que favorezcan una convivencia respetuosa, y muchas de ellas desde un enfoque interdisciplinario, aspecto que toma tiempo y coordinación sincera.
Los adultos también nos equivocamos. Reconocer una palabra hiriente permite redefinir la responsabilidad que exigimos. Podemos mantener el límite y admitir que nuestra manera de comunicarlo fue inadecuada y desde allí redirigir el proceso, no desde el hastío, sino desde la consciencia. Nuestra forma de intervenir enseña cómo ejercer autoridad, resolver conflictos y tratar a quienes piensan o actúan diferente. Antes de corregir, pensemos qué deseamos enseñar y si nuestras palabras contribuyen a ese propósito. Educar requiere firmeza, escucha y seguimiento. El error debe atenderse, y la dignidad de quien lo cometió merece cuidado durante todo el proceso de aprendizaje. Hagamos nuestra parte y deconstruyamos la visión de que merecemos respeto por ser adultos, merecemos respeto por ser personas, y eso se da en todas las direcciones de guía, apoyo y corrección.

