La ingeniería enfrenta el desafío de dejar atrás modelos de diseño sustentados exclusivamente en las condiciones climáticas del pasado y comenzar a concebir infraestructura capaz de responder a escenarios más extremos, variables e impredecibles a lo largo de toda su vida útil.
Ese fue uno de los principales planteamientos del ingeniero José Domingo Pérez Muñiz, presidente de la Academia Panamericana de Ingeniería (API), durante una conferencia ofrecida el pasado jueves ante miembros de la Asociación de Contratistas Mecánicos (MCA, en inglés) en la que examinó los retos que el cambio climático impone a la planificación, el diseño, la construcción y la operación de infraestructura.
Pérez Muñiz señaló que durante décadas fue habitual diseñar obras a partir de condiciones promedio de lluvia, temperatura y otros factores ambientales. Sin embargo, advirtió que ese criterio resulta insuficiente ante un escenario en el que aumentan la intensidad de las lluvias, los períodos de sequía y otros eventos extremos.
El ingeniero identificó las inundaciones como uno de los principales riesgos para la infraestructura de Puerto Rico, no solo por la intensidad creciente de los eventos de lluvia, sino también por decisiones relacionadas con el uso del terreno y la construcción en áreas vulnerables próximas a ríos y quebradas.
Durante su exposición, Pérez Muñiz amplió el concepto de resiliencia más allá de la capacidad de una estructura para resistir un evento extremo. Planteó que la infraestructura también debe mantener sus funciones esenciales en condiciones anómalas, recuperarse y adaptarse. Desde esa perspectiva, energía, agua, comunicaciones, sistemas mecánicos y demás componentes deben responder de manera integrada.
Sobre la construcción sostenible destacó que esta comienza mucho antes de seleccionar los materiales. A su juicio, desde la planificación se requiere considerar la localización de una obra, los movimientos de terreno, la conservación del ambiente, la erosión, la procedencia de los materiales y la huella ambiental asociada a su transporte y utilización.
Pérez Muñiz sostuvo que el gobierno tiene una responsabilidad importante en este proceso mediante la adopción de normas que promuevan la resiliencia y la sustentabilidad, mientras que el diseño, la construcción, la operación y el mantenimiento de la infraestructura deben quedar en manos de profesionales debidamente capacitados y con la pericia necesaria.
Ante una audiencia vinculada particularmente a la ingeniería mecánica, Pérez Muñiz destacó la función que desempeña esta disciplina en la respuesta al cambio climático.
Explicó que los sistemas mecánicos ya no pueden concebirse únicamente en torno al control de la temperatura, sino que también deben atender la calidad del aire, los contaminantes, la eficiencia energética, la disponibilidad de energía, la humedad y la capacidad de mantener operaciones esenciales en condiciones adversas.
En ese contexto, recordó la experiencia internacional con el deterioro de la capa de ozono como evidencia de que una innovación tecnológica puede producir consecuencias ambientales no anticipadas, pero también de que la ciencia, la ingeniería y la regulación pueden modificar las prácticas cuando existe evidencia suficiente de sus efectos.
Uno de los planteamientos centrales de la conferencia de Pérez Muñiz fue la propuesta de Modulación Climática Ambiental, identificada por sus siglas MCA, como un marco para incorporar de manera sistemática el cambio climático a las decisiones de ingeniería.
El veterano ingeniero la definió como un enfoque mediante el cual la ingeniería identifica, anticipa y gestiona las variaciones y los extremos climáticos que pueden afectar una obra durante su ciclo de vida. Aclaró que el concepto no pretende “controlar el clima”, sino modular la respuesta de los sistemas y de la infraestructura ante condiciones ambientales cambiantes.
La propuesta, precisó, descansa en anticipar, evaluar, adaptar, mitigar y asegurar la resiliencia, acciones que deben incorporarse desde la planificación y el diseño hasta la construcción, la operación y el mantenimiento de las obras.
“Esto supone analizar cómo pueden cambiar las condiciones climáticas durante la vida útil de una infraestructura, reevaluar riesgos y vulnerabilidades, modificar criterios de diseño y materiales cuando sea necesario, reducir el consumo energético y las emisiones y asegurar que los sistemas puedan resistir, continuar funcionando, recuperarse y ajustarse después de una perturbación”, acotó.
Para el ingeniero, el desafío principal que enfrenta la profesión es claro. “Ya no basta con preguntar cuál es el evento para el que debe diseñarse una obra. También resulta necesario preguntarse cómo puede cambiar ese evento a lo largo de la vida útil de la infraestructura”.


