Por Alexandra Peña Cartagena RN / Enfermera con rol administrativo, especialista en cuidado crítico y en facturación de servicios de salud
Hay temas que pueden discutirse en teoría, pero que cobran un significado distinto cuando se está al lado de un paciente y su familia en uno de los momentos más vulnerables de la vida. La eutanasia es uno de esos temas.
Como enfermera con rol administrativo y especialidad en cuidado crítico, he tenido la oportunidad de estar cerca de la atención directa en unidades de intensivo, oncología, cuidados paliativos y hospicio. Estas experiencias me han permitido observar el cuidado del paciente desde distintas etapas del proceso de enfermedad, así como el impacto humano que estas realidades tienen en las familias y en los equipos de salud.
Este tema invita a una reflexión profunda, no desde la intención de ofrecer respuestas absolutas, sino desde la necesidad de abrir preguntas necesarias sobre la vida, el sufrimiento y la dignidad humana.
La eutanasia y el suicidio médicamente asistido continúan siendo temas ampliamente debatidos en la bioética contemporánea. Para algunos representan una expresión de autonomía ante el sufrimiento; para otros, plantean serias preocupaciones éticas, médicas y espirituales sobre el valor de la vida humana.
En Puerto Rico, la eutanasia no es legal. Sin embargo, los cambios demográficos, el aumento de enfermedades crónicas y en etapa avanzada, y la necesidad de fortalecer los servicios de apoyo humano desde el inicio y hasta el final de la vida hacen que esta discusión trasciende lo legal y se convierta en una reflexión ética, clínica y social.
Desde la perspectiva clínica, es importante distinguir entre conceptos que con frecuencia se confunden. La eutanasia implica una intervención directa destinada a provocar la muerte de un paciente. En contraste, la limitación de tratamientos extraordinarios permite que la enfermedad siga su curso natural cuando no existe expectativa razonable de recuperación. Por su parte, los cuidados paliativos buscan aliviar el dolor y otros síntomas físicos, emocionales, sociales y espirituales, sin acelerar ni retrasar la muerte.
Diversas evidencias han demostrado que los cuidados paliativos mejoran significativamente la calidad de vida de los pacientes con enfermedades avanzadas y el bienestar de sus familias. Sin embargo, aún persisten brechas en el acceso a estos servicios, lo que abre un espacio importante de reflexión sobre cómo estamos atendiendo el sufrimiento al final de la vida.
Muchas veces la discusión pública se centra en la ausencia de tratamientos curativos. Sin embargo, el sufrimiento al final de la vida no siempre es únicamente físico. Con frecuencia incluye miedo, ansiedad, depresión, soledad, pérdida de independencia, agotamiento familiar y preocupaciones espirituales. Por ello, resulta indispensable fortalecer los cuidados paliativos, la tanatología, la salud mental, el manejo del dolor, el acompañamiento familiar y la atención espiritual.
La enfermería, en su esencia, ha estado históricamente vinculada al cuidado, al alivio del sufrimiento y al acompañamiento del ser humano en todas las etapas de la vida. En los momentos de mayor vulnerabilidad, el paciente necesita no solo atención clínica, sino también presencia humana, apoyo emocional y acompañamiento integral.
Desde la fe cristiana, Deuteronomio 32:39: “Yo hago morir y yo hago vivir”. Esta convicción influye en la comprensión de la vida y la muerte, y en mi percepción del rol del profesional de la salud, orientado a cuidar, aliviar y acompañar.
No obstante, también reconozco que detrás de este debate existen historias reales de sufrimiento, pérdida de autonomía y angustia familiar. Escuchar esas experiencias con respeto es esencial para cualquier conversación seria sobre este tema.
Quizás la pregunta que como sociedad debemos hacernos no es únicamente si la eutanasia debe permitirse o no, sino si estamos invirtiendo lo suficiente en cuidados paliativos, salud mental, manejo del dolor y apoyo integral para quienes enfrentan el final de la vida.
Más allá de las posturas individuales, el mayor desafío continúa siendo el mismo: garantizar que toda persona pueda vivir sus últimos días con dignidad, alivio del sufrimiento y el acompañamiento humano que merece.

