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La Agencia de Noticias Científicas de la Universidad Nacional de Quilmes accedió a un estudio, publicado recientemente en PLOS One, que encuentra una asociación incómoda: las personas que usan el celular mientras están sentadas en el inodoro muestran más riesgo de tener hemorroides que quienes no lo usan. El trabajo no dice que el teléfono “cause” por sí mismo el problema, pero sí detecta un patrón claro: más pantalla, más tiempo sentado; más tiempo sentado, más presión sobre una zona del cuerpo sensible a ese tipo de hábito.
Los autores partieron de una idea simple, aunque bastante potente: si durante décadas se habló de quedarse mucho tiempo en el baño como un posible factor de riesgo, y si el celular es hoy el mejor aliado para alargar ese rato, entonces valía la pena medir el fenómeno con datos y no con anécdotas.
Un rato que se hace largo
Para responder la pregunta, los investigadores reclutaron a 143 adultos que fueron a hacerse una colonoscopía de control. Finalmente, 125 completaron toda la encuesta y quedaron incluidos en el análisis. A cada participante le preguntaron la edad, sexo, índice de masa corporal, nivel de actividad física, consumo de fibra y hábitos intestinales. Además, sumaron preguntas específicas sobre el uso del celular en el baño: con qué frecuencia lo usaban, cuánto tiempo pasaban allí y qué actividades hacían en la pantalla. Después compararon esas respuestas con lo que apareció en la colonoscopía.
El primer dato que sobresalió ya marca una tendencia fuerte: 66 por ciento de los participantes reconoció que usaba el celular en el inodoro. Entre quienes lo usaban, 93 por ciento dijo hacerlo al menos una o dos veces por semana, y más de la mitad aseguró que lo usaba “la mayor parte del tiempo” cuando estaba en el baño. O sea: para muchos, no es una excepción. Es parte del ritual.
El segundo dato es todavía más claro. Entre quienes usaban el teléfono en el baño, 37,3 por ciento pasaba más de cinco minutos por visita. Entre quienes no lo usaban, esa cifra cayó a 7,1 por ciento. En otras palabras, el celular parece funcionar como una especie de imán de tiempo. Se entra para resolver una necesidad física y, de golpe, se abre una segunda puerta: noticias, redes, videos, mensajes, juegos. Y el cuerpo sigue sentado mientras la cabeza ya está en otro lado.
Ahí aparece una clave importante del estudio. Los autores no presentan al celular como un objeto “maldito”, sino como un dispositivo que favorece una permanencia más larga en el inodoro. En la discusión del trabajo, incluso plantean que el tiempo sentado podría ser un predictor más útil que el clásico “hacer fuerza”. Según su hipótesis, permanecer demasiado rato en un asiento de inodoro, sin el tipo de apoyo que ofrece una silla o un sillón para el piso pélvico, podría aumentar la presión sobre los llamados cojinetes hemorroidales y favorecer que se congestionen.
Las hemorroides son venas inflamadas en la zona anal. Pueden dar picazón, dolor, ardor o sangrado. No suelen aparecer en las conversaciones de recreo, pero forman parte de la salud cotidiana de millones de personas. El propio paper recuerda que se trata de uno de los diagnósticos gastrointestinales ambulatorios más frecuentes en Estados Unidos, con millones de consultas cada año y un costo sanitario muy alto.
Lo que encuentra el estudio
En la muestra completa, 43 por ciento de los participantes tiene hemorroides visibles en la colonoscopía. A primera vista, en la tabla descriptiva, la diferencia entre usuarios y no usuarios del celular no alcanza por sí sola para cantar victoria estadística. Pero cuando los investigadores aplican un análisis multivariable —es decir, cuando ajustan por edad, sexo, índice de masa corporal, actividad física, esfuerzo al evacuar y consumo de fibra— aparece el dato central del trabajo: usar el celular en el baño se asocia con un 46 por ciento más de riesgo de hemorroides.
El hallazgo tiene otra vuelta interesante. Durante años, mucha gente asocia las hemorroides con “hacer fuerza”. Sin embargo, en este trabajo el esfuerzo al evacuar no aparece como predictor independiente en el modelo final. Tampoco encuentran diferencias de base en criterios de constipación funcional o intestino irritable entre quienes usan y quienes no usan el teléfono en el baño. Eso no significa que el esfuerzo nunca importe, sino que en esta muestra la historia parece ir más por otro lado: el tiempo extra, no tanto la fuerza.
Hay un detalle casi cinematográfico que vuelve al estudio todavía más actual. Cuando les preguntan qué hacen en el celular mientras están sentados en el inodoro, la respuesta más común es leer noticias (54,3 por ciento). Después vienen las redes sociales (44,4 por ciento), el email o mensajería, los juegos y los videos. El gráfico parece un retrato de época: el baño ya no es solo baño; también es un pequeño rincón de consumo digital. Un rato de intimidad física transformado en otra estación del día online.
El estudio suma, además, un matiz curioso: aunque los usuarios de smartphone pasan más tiempo sentados, solo 35 por ciento admite que el teléfono le hace quedarse más tiempo al menos una o dos veces por semana. Dicho más simple: la pantalla alarga la estadía, pero muchas personas ni siquiera lo registran del todo. Ese desajuste entre lo que hacen y lo que creen hacer es uno de los puntos más interesantes del paper, porque muestra cómo un hábito puede instalarse sin que casi nadie lo perciba como problema.
También aparece otra señal: quienes usan el celular en el baño son, en promedio, más jóvenes que quienes no lo usan —55,4 años frente a 62,1— y reportan menos ejercicio semanal. Los autores señalan que eso podría reflejar estilos de vida más sedentarios y una relación más intensa con la tecnología, aunque aclaran que ese punto necesita ser explorado mejor en investigaciones futuras.
Hasta ahí, la historia parece cerrada. Pero la ciencia no trabaja con cierres dramáticos, sino con matices. Y acá el matiz importa mucho: este estudio es transversal, no longitudinal. Eso significa que toma una foto del problema en un momento dado. Sirve para detectar asociaciones, pero no para demostrar causa y efecto. Por esta razón, no puede afirmar que el celular cause hemorroides. Solo puede decir que ambas cosas aparecen relacionadas en esta muestra.
En ese marco, el consejo que dejan los investigadores parece menos espectacular que útil: limitar el uso del celular en el inodoro y no pasar más de cinco minutos sentado. No se trata de demonizar la tecnología ni de presentar una moraleja apocalíptica. Se trata de recordar que algunos hábitos digitales se meten en rincones del día donde nadie los discute, y desde ahí reordenan el tiempo, el cuerpo y la atención.
Con todo, el celular entra al baño como compañía, como entretenimiento o como excusa para estirar un rato mínimo. Y en ese rato de más, silencioso y aparentemente inocente, tal vez empiece el verdadero problema.
